Fuente original: WIRED
Fecha: 29 de noviembre de 2025
Autores de origen: Anna Demming, Quanta Magazine.
La biología moderna empieza a reescribir una parte fundamental de su narrativa: los genes no trabajan solos. Cada vez más estudios demuestran que las fuerzas físicas y mecánicas participan activamente en el crecimiento de los seres vivos. Un ejemplo sorprendente proviene del efecto Marangoni, el mismo fenómeno responsable de las “lágrimas” del vino en una copa, que también interviene en la formación de los embriones.
En 1855, James Thomson describió este efecto como el movimiento generado por diferencias de tensión superficial entre dos líquidos. Lo que jamás imaginó es que más de un siglo después, biofísicos demostrarían que ese mismo mecanismo impulsa una etapa temprana clave del desarrollo embrionario.
Investigadores en Francia observaron que, durante la formación del eje cabeza-cola en los llamados gastruloides —estructuras celulares que imitan los primeros pasos del desarrollo— el tejido fluye siguiendo un patrón idéntico al del vino: asciende por los bordes y desciende por el centro. Cuando replicaron ese comportamiento con un modelo mecánico tipo Marangoni, los datos coincidieron.
Este flujo no ocurre al azar. Los genes regulan proteínas que alteran la tensión superficial en distintas regiones del tejido, generando el movimiento que estira y define la forma del embrión. Es un ejemplo claro de cómo genética y mecánica trabajan juntas.
La idea de que la física da forma a la vida no es nueva. D’Arcy Thompson ya había propuesto en 1917 que las formas en la naturaleza emergen de principios físicos. Lo que cambió en los últimos años son las herramientas disponibles: nuevas técnicas de microscopía permiten observar células moviéndose, reorganizándose y estirándose en tiempo real.
Este enfoque también ha permitido reinterpretar fenómenos como la organización del plumaje en aves. Investigadores de la Universidad Rockefeller descubrieron que no son los genes por sí solos quienes definen dónde brotarán los folículos de las plumas, sino que los morfógenos alteran propiedades del tejido a gran escala y permiten que fuerzas mecánicas generen el patrón.
Algo similar ocurre a nivel celular. En embriones de mosca de la fruta, las células se estiran en función del tiempo, comportándose como materiales sumergidos en fluidos viscosos. Estudios recientes indican que esto se debe a la producción de actina, una proteína que funciona como un “resorte molecular” que resiste el estiramiento.
Aunque la investigación sigue abierta, una visión más integrada se abre paso: los genes activan procesos, pero las fuerzas físicas —tensión, presión, fricción, elasticidad— moldean la materia viva. La biología empieza a aceptar lo que la física lleva tiempo sugiriendo: donde hay movimiento, hay mecánica.
Disclaimer
Esta nota es una reinterpretación automatizada, generada por inteligencia artificial, basada en información publicada originalmente por la agencia WIRED. Su objetivo es presentar los hechos de forma neutral y sin valoraciones. Se recomienda consultar la fuente original para mayor contexto.