Fuente original: The New York Times
Autores de origen: Katrin Bennhold
Durante décadas, China ha destacado por su capacidad para fabricar a bajo costo, avanzar rápidamente en inteligencia artificial, liderar las energías renovables y fortalecer su poder militar. Sin embargo, su punto débil ha sido tradicionalmente el poder blando. Esa situación, al menos en apariencia, comienza a cambiar con un fenómeno cultural emergente conocido como Chinamaxxing.
La tendencia, popularizada en TikTok, muestra a jóvenes de distintos países “convirtiéndose en chinos” mediante la adopción de hábitos asociados estereotípicamente con el país asiático, como beber agua caliente, usar pantuflas en casa o comer sopa de arroz. Aunque podría tratarse de una moda pasajera, encaja con una percepción más amplia: China empieza a resultar más atractiva para audiencias globales.
Figuras públicas estadounidenses han contribuido a esta narrativa. El youtuber IShowSpeed y el streamer Hasan Piker han viajado a China y elogiado su infraestructura, desde trenes de alta velocidad hasta espectáculos de luces LED. El jugador de la NBA Victor Wembanyama pasó varios días meditando en un templo Shaolin, mientras que productos culturales como una chaqueta de Adidas inspirada en el traje Tang o las figuras coleccionables Labubu se han vuelto virales.
Históricamente, el autoritarismo del Estado chino ha limitado su atractivo en Occidente, junto con la censura y los intentos oficiales por promover una imagen cuidadosamente controlada del país. No obstante, sin modificar su sistema político, el gobierno ha afinado su estrategia de comunicación: ha facilitado el turismo y permitido que los visitantes experimenten una vida cotidiana que suele percibirse como más normal de lo esperado.
Pese a ello, encuestas recientes muestran que la opinión sobre China en Occidente sigue siendo mayoritariamente negativa. Lo que parece haber cambiado es la percepción de Estados Unidos. Para muchos, el deterioro de su infraestructura, la polarización política y episodios asociados al gobierno de Donald Trump han debilitado su atractivo internacional, haciendo que China aparezca como una alternativa relativa.
Según especialistas, este interés no responde tanto a un entusiasmo genuino por China como a una reacción frente a la pérdida de atractivo estadounidense. Ying Zhu, académica que estudia el poder blando chino, señala que se trata de un fenómeno reactivo y potencialmente temporal, influido por modas culturales y dinámicas geopolíticas cambiantes.
Aun así, el giro perceptivo podría tener efectos concretos. Líderes occidentales han intensificado visitas a Pekín y promovido el comercio y el intercambio cultural. Además, encuestas indican que muchos jóvenes estadounidenses no ven con gran preocupación un posible liderazgo global chino, lo que podría reducir la disposición pública a asumir costos para contener su influencia.
El propio gobierno chino parece consciente de la fragilidad de este momento. Recientemente, el Ministerio de Seguridad del Estado advirtió contra influentes que idealizan la vida en el extranjero y minimizan los logros nacionales, al considerar que ello abre la puerta a una “agresión blanda” de ideologías occidentales.
Disclaimer
Esta nota es una reinterpretación automatizada, generada por inteligencia artificial, basada en información publicada originalmente por la agencia The New York Times. Su objetivo es presentar los hechos de forma neutral y sin valoraciones. Se recomienda consultar la fuente original para mayor contexto.